domingo, 31 de mayo de 2009

A portrait of James Joyce as an Irishman

Era el día de la final del torneo internacional de Rugby y el equipo rival era Inglaterra, el histórico enemigo. Irlanda no podía perder la partida, y Joyce lo sabía y estaba preparado para afrontar la situación.
Compró con mucha anticipación los boletos del partido y llegó al estadio con un cargamento de su arma secreta. Su asiento, arriba de la puerta por donde saldría el equipo rival, había sido cuidadosamente escogido.
Cuando empezó a salir el equipo contrario Joyce comenzó con las hostilidades. Varios ejemplares del Ulises volaron por los cielos, dejando inconciente a la mitad del equipo inglés. Joyce sabía que Inglaterra no podía contestar las hostilidades: las obras de Shakespeare no eran tan pesadas.

sábado, 30 de mayo de 2009

Pesadilla antes de un examen de Cálculo

Ayer soñé que me derivaba. Soñé que era tangente al círculo de la vida y perpendicular al radio que le daba amplitud. Soñé después que me volvía a derivar, pero ahora siendo la vida una esfera y yo un plano infinito perpendicular al plano-radio que le daba volumen.
Después soñé otros espacios, con otras hiperfiguras y otros hiperplanos. Y en cada espacio me derivaba y me volvía perpendicular a él. Cuando mi mente se saturó de tantas dimensiones, desperté de golpe.
El mundo había cambiado, yo era perpendicular a él y a todo lo que había en él. Era perpendicular a la perpendicularidad misma. Era un ser meta-perpendicular.

viernes, 29 de mayo de 2009

Hasta las últimas consecuencias

Pasó todo el día buscando un gran finale. Lo tenía todo: un motivo, un nudo que destejer, un personaje desesperado, un crimen que perseguir. Toda su argumentación era perfecta, sólo tenía que decidir el final, ése que haría que todo tuviera un significado distinto.
Salió a caminar. Necesitaba aclarar la mente. Cuando dobló la esquina vio el asalto. Vio como su personaje, con el cuchillo en la mano, exigía el dinero a un peatón. La carta que le había escrito su mujer la noche anterior explicando su enfermedad también se asomaba por la bolsa de la camisa. Vio como, ante la negación del peatón y su propia desesperación, le clavaba el cuchillo en el pecho y empezaba a correr.
Con cierta incertidumbre empezó a correr detrás de su personaje. Necesitaba conocer el final de la historia. Asustado, éste intentaba escapar empujando a las personas que le tapaban el paso. Corrieron hasta que llegaron a una avenida que ambos cruzaron sin mirar. Todo fue muy rápido: a media calle un coche no logró frenar a tiempo y los golpeó. El asaltante murió enseguida, y él, todavía creyéndose escritor omnisapiente de la historia, con su último aliento de vida se limitó a sonreír.

jueves, 28 de mayo de 2009

Jueves por la noche

Él llega a la misma hora de siempre. Se sienta en una orilla de la barra del bar y pide, como cada jueves de los últimos cinco años, un whiskey. Ella siempre llega un poco más tarde y se sienta en el otro extremo de la barra. El cantinero ya sabe que ella tomará gin and tonic, así que se apresura a servirlo.
Durante la primera copa, se voltean a ver furtivamente, como si sólo se quisieran acariciar con la mirada. En la segunda, empiezan a mirarse fijamente, y sonríen. En la tercera, ella se lame los labios mientras él empieza a sudar.
Para la sexta copa, él manda recados lascivos escritos en servilletas que ella contesta con provocaciones e invitaciones sin mucho pudor. Y en la séptima copa el ritual termina.
Él se levanta, va a donde está ella y, poniendo la mano sobre su espalda le dice al oído: «me encantó pasar la noche contigo; no puedo esperar al próximo encuentro». Él se da la vuelta y sale del bar con el saco al hombro, mientras ella sonríe y añora la llegada del siguiente jueves.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Otrora...

Con las manos callosas por el trabajo de los últimos años y con el chal que había terminado de tejer la noche anterior puesto en los hombros, remaba a dos brazos en una pequeña balsa y avanzaba por el mar. Nunca había ido tan lejos, desconocía su destino, y el tiempo que tardaría en llegar a él, pero no le importaba.
«Nunca más», repetía mientras remaba, «nunca más». Cansada de ser el estereotipo de la mujer que espera, Penélope había decidido probar suerte en otra isla griega.

lunes, 25 de mayo de 2009

Imposición

Yo sé que alguien me ha puesto aquí y me ha dado todos estos minutos para que piense. Me detengo y reflexiono. «El tiempo es circular, el destino es circular y todo lo que importa en este mundo es circular. Revivirlo todo, una y otra vez, eso es lo que vale». Empiezo a avanzar. Me detengo, vuelvo a pensar. «Pero quizás la línea recta no sea tan mala: la posibilidad de no tener que visitar este punto otra vez, de ser todo y nunca repetirme». Avanzo. Me detengo. Pienso: «Quizás un balance entre ambas cosas es la visión correcta; mutar según la situación». Vuelvo a avanzar, me detengo una vez más y por octava ocasión el ciclo se repite. «Pero, que todo sea circular no es mala idea».
El tráfico y el calor están terribles. Intuyo el principio de un horrible mareo y, si sigo dando vueltas en esta glorieta sin que nadie me deje salir, voy a tener que tomar una decisión que afectará mi vida para siempre. Sólo espero que cuando tenga el valor de tomarla, esté en esa parte del camino en donde me convenzo que la línea recta es lo mejor.

domingo, 17 de mayo de 2009

Partiendo de un olvido

Cuando dejó el libro sobre la mesa todo había cambiado: la época ya no era la misma, su ropa era distinta, las palabras que usaba se habían transformado y el libro que acaba de leer no existía porque todavía no se había escrito. Se sentó en su mesa y a la luz de la vela, que después sería la luz de un foco alimentado por una planta eléctrica, mismo que después sería alimentado por una planta nuclear, escribió todo lo que había olvidado de aquel libro que leyó. Y así lo hizo él, y el hijo de él y también su nieto. Y así se empezó a escribir la literatura del futuro, partiendo de un olvido, ignorando que ya todo se había escrito.