lunes, 10 de agosto de 2009

Coda #88

La misma canción repitiéndose en un ciclo infinito. El piano y todos los acordes que el intérprete toca y alarga. Ochenta y ocho teclas que derivan en una infinidad de combinaciones; y en todas ellas uno se va perdiendo en negras notas y en blancos abismos. Hace unos días me dijeron que hablo mucho de la muerte. Yo me limité a sonreír. «La muerte no tiene nada de especial», me quedé con ganas de contestar, «pero sí todo aquello que la roza; eso es lo que vale la pena».
La noche afuera es clara y las estrellas ahora son las teclas del piano que forman las ochenta y ocho constelaciones: así, la canción que se repite en un ciclo infinito acaba y empieza con el silencio de todas las noches. Pero yo no creo en las coincidencias, no en las del piano, no en la de las estrellas. Aunque ahora soy yo quien roza su muerte por octogésima octava ocasión, aquí, entre estas notas y estas enormes esferas de fuego.

2 comentarios:

Delfín Beccar Varela dijo...

Intrigante texto Luis, la verdad que me gustan mucho tus trabajos.

Te cuento que subí uno tuyo en www.ficcionminima.blogspot.com

Te mando un abrazo y nos seguimos leyendo.

lgonzali dijo...

Muchas gracias Delfín... Y sí, sigo la página de Ficción Mínima, y sí me di cuenta... Gracias por tu apoyo, y seguiremos haciendo lo que se pueda...

No dejes de visitar... Te mando un saludo...