Despertó de golpe. Sudaba. Un sabor metálico le llenaba la boca. Se levantó, se miró al espejo y vio un hilo de sangre corriéndole por la comisura del labio. ¡El sueño había sido tan real, tan vívido!
Se lavó la cara y se dirigió al trabajo. Ese día, a pesar de que fue particularmente atareado, no pudo concentrarse. Las imágenes en su cabeza se asemejaban más a un retrato fiel de la realidad que al recuerdo difuso con que se evoca un sueño: la persecución, el aroma de la sangre mezclada con el lodo, los gritos de dolor. Sólo acordarse se le estremecía la piel.
El día fue largo y cansado, y cuando llegó a su casa, lo único que quería era que todo acabara. Quería dormir y, con un poco de suerte, no soñar. Por ello, tan pronto hubo cenado, se dio un baño y se metió a la cama. No tardó mucho en conciliar el sueño, y cuando logró dormirse, el dinosaurio todavía estaba allí.
3 reflexiones:
Me suena este micro. Es un poco internacional, ¿no?
Un abrazo, Luis.
Jajaja, un abrazo Víctor...
Ese dinosaurio,ni él mismo imaginó su trascendencia.
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